El Nazareno en la Iglesia
Si bien, no
todas las leyendas están basadas en la aparición o persecución de espantos,
esta peculiar historia me resultó ser la precisa para el cierre del libro. Esta
manifestación ha ocurrido a varias personas de distintos puntos del Municipio;
que por uno u otro motivo acudieron a la Iglesia del barrio Once de Noviembre.
Allí, experimentaron un encuentro que nunca podrán olvidar.
Corría
el año dos mil once en la relativa tranquilidad de San Martín, aquella tarde la
familia se alistaba porque se conmemoraba el aniversario luctuoso de un
familiar. Para lo cual, habían programado una ceremonia en la Templo del citado
barrio. Aquella tarde tenía algo de particular, durante el día había corrido un
viento fuerte y relativamente frío, fresco. Que terminó por acentuarse con la
entrada del atardecer.
Uno
a uno, los familiares del difunto se congregaban para dicho evento religioso,
al igual que los feligreses habituales a la misa. En ese entonces la
remodelación de la Iglesia no se encontraba en el estado actual, y el lugar
parecía un poco más pequeño y un tanto sombrío por la baja iluminación.
Fue
entonces que uno de los participantes a la misa, llegando con su familia con
anticipación, esperaron al inicio de la Eucaristía. Permanecían sentados, en
ese preciso momento el hombre sintió el inmenso deseo de cerrar los ojos. Una
profunda calma y frescura recorrió en ese instante el recinto. Estaba
consciente, oía con claridad las voces a sus costados, el movimiento leve de
las bancas al arrastrarse. Los murmullos y llantos o jugueteos de niños.
A
continuación, fue como si esa leve oscuridad de mantener los párpados cerrados
se fuera disipando pesadamente, muy despacio. Le pareció ver una neblina espesa
que parecía poder tocar, pronto se volvió similar a nubes suaves y blancas. El
hombre no entendía lo que estaba pasando, pero no sentía temor, era como si
desease continuar con aquella visión.
De
pronto, y ante su asombro, el grupo de nubes se abrieron lentamente hacia los
costados. Muy despacio. Detrás, parecía resplandecer algo como un sol que no
quemaba, luminoso. Y allí apareció. De espaldas, miró una figura de gran
estatura, con vestiduras blancas y un manto rojos sobre los hombros, de
cabellos largos y acaramelados. El color rojo era vibrante y poderoso, nada parecido
a algún otro tono que hubiese visto antes. Lentamente, la figura comenzó a
girar, el hombre miraba la silueta con desconcierto, asombrado.
Así,
la aparición quedó frente a su mirada, extendió los brazos como si esperase
recibir un abrazo. El feligrés, no sabía qué pensar, intentó mirar el rostro
del Hombre que tenía frente a sus ojos, cerrados, pero sólo consiguió ver una
sonrisa amplia, blanca y perfecta, que se asomaba entre una barba larga y
espesa. El resplandor que había detrás de él era aun más brillante, y parecía
iluminar el rostro y no permitir mostrarse totalmente. Entonces buscó las manos
y miró marcas profundas en las muñecas. Allí sintió un frío que le recorrió el
cuerpo, pero no un frío de miedo, sino un puñado de energía que lo hubiera envuelto.
Entonces,
la figura que tenía al frente anunció con voz clara y profunda: “Vienen tiempos
difíciles, deberás ser fuerte”. Y en un instante, todo se volvió oscuridad y el
hombre abrió los ojos al instante, como arrebatado de aquel mágico trance. En
ese momento, el párroco salió e inició el evento religioso.
Avanzada
la misa, y mientras las personas acudían a comulgar, el hombre bajó el rostro
mirando hacia el piso pensando en lo acontecido. De reojo miraba el paso de las
personas andando a sus lugares. Algo llamó su atención, un siseo, y una voz que
anunció: “Espera lo que hay que ver”. Giró un tanto el rostro y miró una larga
túnica con pies de hombre en sandalias pasar a su costado. Sorprendido, levantó
la vista inmediatamente, un segundo después; pero no miró a nadie con esa
vestimenta. Intentó buscar entre los asistentes ya sentados, pero recibió
miradas de desaprobación y volvió a su lugar confundido. En voz baja, le
preguntó a su mujer si había oído la voz
y mensaje, pero ella negó rotundamente. Repitió la frase una y otra vez,
sonaba clara en su cabeza, pero era más un tono triste y sombrío.
A
continuación, un evento extraño por su naturaleza, atemorizó a los asistentes.
En el extremo opuesto arrancó el alegato de una mujer, cada vez más fuerte y
sin sentido. Al principio fue ignorado, y la frase se repetía en la cabeza del
hombre. Repentinamente, la mujer levantó más la voz y alguien aludió a una endemoniada, poseída. Algunos asistentes
comenzaron a abandonar entre el miedo a lo que sucedía. Y entendió lo sombrío
en la frase que escuchó, la tristeza. Poco después la mujer fue calmada y se
dio por terminado el capítulo. El amor y la Fe en el Hijo del Hombre, se había
vuelto en miedo e indignación en los presentes, en un instante.
Al
salir, el hombre le contó con lujo de detalles a su esposa. Pero la historia de
por si ya era increíble. Y prefirió guardar tal recuerdo para sus adentros. A
los días siguientes, sufrió un terrible golpe en una de las piernas que lo llevó a una cirugía, etapa
que lo arrastró a una temporada sombría y de redescubrimiento. Así, confirmó
que su visión de aquella noche no fue su imaginación; sino que tuvo ante sus
ojos, al Rabí de Galilea.
Es preciso señalar, la persona que experimentó este acontecimiento, no
es religiosa, ni pertenece a ningún grupo o congregación; pero sí considerado
por él mismo, como espiritual. Que acudió aquella tarde para acompañar a su
esposa y familiares. Eventos e historias similares me han sido relatadas, pero
con lujo de detalles como esta, ninguna. La presencia de Jesús, el Nazareno, en
la Iglesia del barrio Once de Noviembre. Lo que me deja claro que San Martín,
no está ni solo ni desamparado por los Seres de Luz.


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