LA SAYONA




La siguiente leyenda forma parte de ese grupo de historias que son compartidas en todo el llano. Tendiendo un origen y características en común, el origen de la Sayona se remonta a muchos años atrás. Con las poblaciones menos extendidas,  con largos campos verdes que llenaban con su fragancia dulce cada mañana.

La Sayona, era una mujer bella y delicada, de rostro hermoso y larga cabellera. Una dama codiciada por los hombres, pero la cual ya había entregado su corazón a uno solo. De su relación había dado fruto a un pequeño de pocos meses de nacido. Era una mujer dedicada a su esposo e hijo, de finos modales que solía vestir dichas sayonas, vestidos largos de mangas anchas.

La mujer era acosada por muchos hombres, pero a todos ponía en su lugar; sin embargo se dice que había uno que sin ceder ante las negativas de la mujer, solía acosarla y envenenarle la mente con historias acerca del marido, buscando causar disgustos y conseguir la separación de la pareja. Si bien, la mujer, no creía en todo cuanto el hombre le contaba, la semilla de las injurias por este inventadas, comenzaban a germinar una afilada duda que lentamente le fue envenenando el corazón.

En una ocasión en que la mujer había ido a lavar al río y después de acabar sus labores, decidió tomar un baño. El acosador, escondido, observaba mañosamente a la mujer desnuda en el río que al percatarse de la presencia del tipejo, corrió a cubrirse y hacerle el reclamo. El hombre al verse acorralado, decidió tirar su última carta, llena de ponzoña. Así aquél hombre le dijo que él había visto con sus propios ojos como su marido se metía con la madre de la joven, con quien  mantenía una relación.

El corazón de la mujer se aceleró violentamente, junto con una punzada violenta en la cabeza y un dolor sordo en el estómago que le hizo perder consciencia de la realidad y salió furiosa hacia su casa. Miró por las ventanas a su marido recostado a un costado de su hijo dormido. Y sin pensarlo ni un segundo, corrió y prendió fuego a la vivienda. Riendo por lo que hacía sin juicio ni cordura y sin rastro de remordimiento. Entonces salió a toda prisa hacia la casa de su madre.

El hombre que originó toda aquella tragedia reconociendo la gravedad de su mentira, intentó frenar aquella ira insaciable pero fue inútil, y al saber del incendio provocado salió huyendo sin dejar rastro.
La Sayona entró en la casa de su madre, la miró sentada y la enfrentó, recriminándole por todo lo que sabía. La vieja sorprendida por tales acusaciones quedó sorprendida en silencio. Al no recibir respuesta, se disparó nuevamente la locura en la violenta mujer y se le fue a asestarle puñaladas en el vientre a su propia madre. La mujer arrastrándose se abrió paso hacia el patio trasero, mientras recriminaba a su hija, diciendo que eso nunca había sucedido; pero era tal el odio en la mirada de su hija que no escuchaba.

Cuentan que entonces y poco antes de morir, la madre maldijo a su propia hija a no vivir en paz y a penar por toda la eternidad sin descanso por haber cometido tal desgracia. La Sayona entonces fue levantada en vilo y su rostro se desfiguró entre quejidos grotescos, se le deformó el cuerpo y así pasó de su aspecto humano al espectral como si el Hacedor escuchara la petición de la madre.
  
Así surgió y se propagó por todo el llano dicha historia y los avistamientos de este ser comenzaron a relatarse por el pueblo. Varios hombres aseguran haber sido presas de la hermosura de una bella mujer que recorría el parque central durante la madrugada, a veces con un aspecto angelical y doliente, envuelta en llanto entre los prados. Se cuenta que si el hombre se acercaba, ella echaba a andar, sin dejar el llanto amargo que viajaba entre el viento como un hechizo que embelesaba. Algunos los llevó hasta el cementerio y al llegar a la entrada, si el hombre le seguía con malas intenciones, se le echaba encima con aspecto cadavérico y dientes afilados, azotándolos hasta dejarlos privados. Motivo por el cual pocos optan a contar su experiencia con este ser.

A otros, los hacía andar hacia el Rincón Llanero, y de pronto se perdía desapareciendo en las paredes del citado recinto. Causando un espanto terrible entre los hombres que la vieron, saliendo huyendo a toda prisa de aquel lugar. En algunos sitios más apartados al casco urbano, relatan la aparición de la Sayona sobre las vías de las veredas, con su largo vestido blanco ondeando, y su larga cabellera, mientras se eleva hasta más de tres metros de altura y desciende hasta el suelo. Siempre en busca de hombres infieles y acosadores de mujeres, para hacerles ver su suerte entre azotes y el terrible espanto de su alarido cuando los tiene enfrente; reventando vasos sanguíneos en los ojos y oídos. Causando mayor dolor, según cuentan, de acuerdo al atrevimiento del hombre mientras aún permanece con su aspecto angelical


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