EL SOMBRERON
Existe en
Colombia, específicamente en Medellín, una historia referente al personaje
llamado el Sombrerón, del cual se dice solía aparecérsele a borrachos por los
caminos despoblados. A veces aparecía a pie, con dos perros endemoniados,
negros y feroces agarrados de su mano con menudas cadenas oxidadas. Al instante
aparecía montado a caballo y salía a corretear a los hombres, y cuando los
tenía al alcance, arrojaba su sombrero al aire, este se hacía grande,
descomunal, y caía encima de su presa. El hombre caía privado, entonces el
Sombrerón desaparecía envuelto entre una pesada y fría neblina que desaparecía
casi al instante.
Posteriormente
y en tiempos recientes, surgen historias que aseguran que el personaje del sombrero,
sigue apareciendo en pequeños poblados, pero ahora apareciéndosele a hombres y
mujeres que mantienen explotando a niños vendiendo flores y dulces a altas
horas de la noche.
La
presente historia, difiere bastante de este Sombrerón; pero conserva algunas
particularidades. Es difícil precisar si se trata del mismo personaje; sin
embargo, la descripción y figura de este hombre, precisó denominarlo así: el Sombrerón
de San Martín.
Corrían
los primeros años de la década de los noventas, cuando una pareja disfrutaba
del nacimiento de su segunda hija, que vino a llenar de alegría y dicha su
hogar. Ellos vivían en el barrio Maiporé, en un pequeño terreno comprendido de
una sola habitación, y teniendo a un costado un potrero con cerco, seguido del
despoblado.
Cierta
mañana, el marido partió al trabajo como todos los días, a la jornada en las
palmeras, muy de madrugada. La mujer le acompañó para despedirlo hasta la
puerta de la casa y apenas lo vio alejarse se dirigió al baño. Andaba tranquila
y confiada cuando, repentinamente, sintió un desasosiego violento que la hizo
mirar a un costado del cerco. En seguida, para su espanto, apareció una figura larga y alta envuelta en
una bata negra satinada que caía hasta el suelo; con un sombrero raído y sucio
de copa ancha también de tono negro que le cubría todo el rostro y no dejaba
ver nada. El espectro entonces le habló: “Te espero…” Era lo único que la mujer
recordó, pues fue tanto su espanto al oír aquella voz destemplada que cayó
desmayada al momento. Al despertar, no recordaba cómo era que había llegado
hasta la cama con sus hijas. Sólo se le venía a la mente la figura sombría y su
voz repitiéndole lo mismo, provocándole un escalofrío en toda la espalda.
Trató
de sobrellevar el espanto de dicho recuerdo, que comenzaba a ser una tormentosa
experiencia paranormal. ¿Quién era ese hombre y por qué la esperaba? Esa era la
duda que le aquejaba. Pero la experiencia comenzó a repetirse, la figura del
espanto comenzó a perseguirla continuamente. Aparecía dentro de su habitación
por la noche o la madrugada, siempre como si la observase detenidamente, y en
seguida repetía con voz seca y pausada “Te espero…”, causándole el desvanecimiento inmediatamente, sin
dejarlo terminar siquiera la frase.
Llegó
a tanto el acoso de este ser, que tomó valor para contárselo a su pareja y
algunas personas cercanas y de confianza. Pero su historia fue catalogada como
producto de su imaginación o parte de un sueño. Sin embargo ella sabía que esto
no era así, que no era una mala pasada de su imaginación y mucho menos parte de
una pesadilla constantemente repetida. Que ese ser oscuro la visitaba y perseguía
con algún fin específico que ella desconocía.
Tiempo
después la pareja se separó, pero la presencia de dicho ser continuó atormentándola
por las noches con la sola compañía de sus hijas. Años más tarde y teniendo una
nueva pareja, dio a luz a su tercer hija. La mujer, ya había puesto en
antecedentes a su actual pareja del incidente y apariciones del Sombrerón, sin
tener fortuna en este intento, “que era sólo producto de su imaginación”, repetía.
Pero el
Sombrerón no cesaba en sus intentos, y así volvió a aparecérsele durante la
medianoche. En esta ocasión fue en otra casa, en el barrio Pedro Daza, dormían
en la habitación la pareja y la recién nacida. La mujer despertó al sentir ese
rudo desasosiego y el frío y angustia que siguen a estos seres maléficos. Y
así, fue como miró de reojo al Sombrerón de rodillas contemplando a la niña
detenidamente, mecía la cabeza pesadamente de un costado al otro como intentando
reconocer correctamente a la criatura. Para su sorpresa, el marido de la mujer
pudo verlo en esta ocasión y borró toda duda de las palabras de su mujer. Se
armó de valor al no saber las intenciones del espectro, tomó una peinilla que
mantenía a un costado de su cama para la seguridad de su familia, se levantó y
comenzó a rozarla contra la pared haciendo saltar pequeñas chispas rojas
enfrentando al Sombrerón.
Pero
el espanto sin rastro de asombro se puso en pie, pareció no aceptar el reto ni
enfrentamiento alguno y se desvaneció entre el susto de la pareja y una pesada
neblina que desapareció al instante. Después de dicho acontecimiento, el
Sombrerón dejó de acosar a la mujer y no supo más de él. Y así terminaron todos
aquellos años de acoso e incertidumbre para la gentil mujer.
¿Qué
alejó al Sombrerón, fue la niña o el hombre que le hizo frente? ¿Por qué perseguía
a esa mujer en específico? ¿En dónde la esperaba? Son dudas que permanecerán
ahí, sin ser respondidas por nadie. Se cree que el Sombrerón ahora andará
acosando a otra mujer en el pueblo de San Martín.


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