Cuando iniciaba con la
búsqueda de historias para el libro, la Leyenda del Gringo fue una de las
primeras que me fue presentada. Las historias no tenían ni pies ni cabeza, pero
me resultó especialmente atractiva. Así pues comencé a investigar con distintas
personas sobre dicho personaje. En el libro quedó una historia congruente; sin
embargo, no podría asegurar si los acontecimientos son tal cual como la gente
los cuenta. Pues no hay evidencia escrita o fotográfica del señor Easton; pero
la esencia del personaje en todos los casos es la misma.
De William Easton se cuentan
muchas historias, pero no había evidencia fehaciente de su existencia sino una
tumba en el Cementerio de San Martín. Las fechas evidentemente fueron extraídas
de las lápidas de dicho personaje. Resulta impactante leer tantas lápidas de
agradecimiento al “gringo”. Si bien,
entrar a un cementerio no es mi lugar favorito ni una cita preferida, la
historia ya era bastante atractiva. El alma en pena de un hombre que ayuda a la
gente.
Para no ahondar en la historia
que aparece en libro, relataré brevemente cómo conocí a William Easton.
Resulta, que una vez recopilada la información sobre esta leyenda, tenía que ir
al Cementerio para estar frente a frente con la tumba del ser del cual se
contaban tantas cosas. Recuerdo que en aquella ocasión me acompañó mi hijo, él
también de oír tantas maravillas tenía la decisión de pedirle un favor al gringo. Mientras entrabamos, le comenté
que tuviera precaución, sobre la importancia y riesgos de tratos con seres o
espíritus y del debido acatamiento o el afrontar las consecuencias por
incumplimiento. Después de eso desistió, e incluso, lo noté nervioso. Bajamos
por el lado derecho del cementerio y
llegamos hasta una tumba aislada en una orilla, llena de pequeñas lápidas con
agradecimientos. Lo primero, dirigirse con palabras propias; me presenté y
argumenté el motivo de mi visita. Pedí autorización para realizar una
fotografía y el uso que tendría. Así obtuve la fotografía que aparece en el
libro. Algo llamó poderosamente mi atención, quizá casualidad aunque no creo en
ella, pero mientras estuve allí, una luz descendía e iluminaba por un extremo
la tumba, evitando obtener una fotografía lo suficientemente nítida.
A continuación, y hacia mis
adentros, mientras revisaba cada uno de los reconocimientos; fui contando el
propósito de escribir dicho escrito. Pretendo escribir un libro que me permita
ayudar a niños para desarrollar sus habilidades artísticas. Un libro que ayude
y acerque a las familias a la lectura. Un proyecto complejo, que por una u otra
circunstancia se complicaba cada vez más: por momentos sentía que el camino se
cerraba, así que tomé la decisión de solicitar su favor para que el libro fuera
terminado. Evidentemente, ofrecí algo por su ayuda, entre lo cual estaba
llevarle un ejemplar de dicho libro y una dedicatoria. Si ya adquiriste el
libro, verás que su nombre aparece en la dedicatoria del mismo. Esta misma
semana me encargaré de llevarle el libro ofrecido, y estoy seguro y convencido
que ese libro permanecerá allí y nadie se lo llevará.
Una vez terminado el
protocolo, algo cruzó por mi mente, casi como un pensamiento inesperado: ¿Cómo
habrá sido físicamente? Ahí lo dejé, me despedí y nos retiramos del cementerio.
Esa misma noche, entrada la madrugada, entre un frío tremendo en mi habitación,
sentí como algo pesado se apoyó en mi cabecera, a unos 30 cm de mi. No negaré el
susto que me provocó, e inmediatamente, como un relámpago en mis pensamientos
se apareció una figura humana casi como una fotografía. Un hombre de cabellos
crespos y anudados de color rojizo, barba tupida y enmarañada. Rostro pálido y
alargado, ojos pequeños, nariz aguileña. Una camisa blanca y algo parecido a un
overol. Fue instantáneo, supe que era él. Que había escuchado mi duda y había
decidido darme respuesta. Así conocí a William Easton. Al instante y para mi
sorpresa, para no dejar duda alguna. Sentí que me arrancaron literalmente de mi
cuerpo y me arrastraran a una velocidad terrible por las calles de San Martín,
me llevaron hasta el Cementerio y quedé parado frente a la Tumba del Gringo. No
había dudas, al instante abrí los ojos, envuelto en un sudor frío.
A la mañana siguiente realicé
el dibujo del personaje, tal cual como aparece en el libro. A los días, noté
que el panorama del libro se abría como una pequeña luz entre la oscuridad,
aparecían personas e historias. Tiempo después dio fin la redacción del libro,
un libro mágico desde cómo fue concebido y terminado. Sin duda la mano de Dios
estuvo presente todo el tiempo y la ayuda de William el gringo es innegable.
¿Y tú, te vas quedar sin leerlo?
GALE

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